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Para admirar esta Detonación matérica se pasa así de los cuadros existencialistas, pero delimitados geométricamente de Angustia y Espacio Azul y Negro de Jorge Damiani a las incisiones wolsianas de Presencia de Ventayol (hay también una “escapada” figurativa de él, la gran tela La ciencia en marcha), pasando por el más bajorrelievante, la Pintura del uruguayo, nacido en España, Agustín Alamán, sorprendente por la corporeidad toda arenosa de sus exquisitas alharacas pictóricas.
Sin duda, Tensiones y sauces, de Américo Spósito, se revela como la obra maestra del conjunto: óleo de grandes dimensiones, pintado en 1961, casi enteramente negro (vale decir, un negro que permite viradas hacia los grises, que en dicho contexto no llegan al gris, sino a otros negros “sucios”): las incertidumbres, los remolinos, el vaivén abrumado del pincel de Spósito llenan la amplia superficie en la que tal vez es la tela más expresiva y potente, pese o quizá a raíz de la aparente negación del color, del abstractismo uruguayo in toto (y admirable aquí no obstante una iluminación pésima). Negro: todo un tema en pintura -irremediablemente ligado a la muerte, pero también a la austeridad, fortuna de la pintura barroca, pero “prohibido” por los impresionistas-, es decir material que arde, que conlleva contemporáneamente una especie de duelo y un renacimiento. Cuando Ad Reinhardt pinta su primer monocromo negro en 1962 (un año después de Spósito) declara que “el objetivo primario de cincuenta años de abstractismo es presentar el arte como arte y nada más”, conectando el no-color al purismo más rarefacto, mientras diez años después las atormentadas telas negras de Pierre Soulages hablan en dirección opuesta, manifiestamente expresionista.
En una zona intermedia quizá se posiciona Javier Bassi, cuya última exposición se halla en el primer piso del museo, entretejiendo así un complejo y prodigioso diálogo con los matéricos de la planta baja (realmente loable la coincidencia expositiva).
El negro, de hecho, es el centro de los 15 grandes cuadros que conforman su In/Visibilidad: ejercicio, entre otras cosas, sobre engaños sensorios (metaforizados en las tres piezas “escultóricas” del conjunto, las jaulas). A nivel inmediatamente visual la muestra recorre con seguridad y pericia las dos tendencias apenas mencionadas: hebras dramáticas en telas como El regreso de los brujos, Snapshot e Ice-cream memory, con “momentos” desordenados, explosivos, por un lado; rigorismo casi ascético en trabajos como Pasajes, Mi línea como trampa y Libertad condicionada, que rozan el minimalismo más severo, por el otro.
Sin embargo, hay más: parte del atractivo de las obras se debe a la parca, pero fundamental presencia de trazos blancos que animan el “mar negro”, como lo llama el curador Jorge Abbondanza, alardeando más allá de los efectos resumidos antes, una especie de virtuosismo del contraste. Pero es sobre todo en la elección de los materiales (a eso se vuelve) que Bassi logra una emancipación del género abstracto, ausente en otros intérpretes actuales: la tela no es tela sino “papeles de avisos clasificados entelados”, por supuesto muy difíciles de percibir como tales sin casi tocar el cuadro con la nariz, y el negro no es témpera, acrílico u óleo, sino tinta de toner, tinta que se revela riquísima por su ductilidad, ya que de lejos no muestra tramas, mientras produce texturas expresivas apreciables de cerca. El empleo, novedoso en su época, de “ingredientes no tradicionales […]: arena, yeso, cemento, objetos agregados considerados pobres” de los artistas reunidos por Aguerre y Grau, encuentra así en los últimos trabajos de Bassi una especie de aggiornamento, oportunamente encaminado por el sendero técnico-tecnológico. ■
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